El Yo es una construcción colectiva. Un modo de funcionamiento aprendido, que responde a la necesidad del sistema nervioso de
organizar centralizadamente la información circundante; su función es
garantizarnos la supervivencia y para esto no descansa hasta haber
construido un espacio seguro a su alrededor. Es una Torre, desde la cual la conciencia centralizada domina
su mundo. Desde allí fija los límites que nadie puede cruzar; y sobre
todo, determina aquello que debe suceder y aquello que no está dispuesto
a aceptar de ninguna manera. Esta forma de inteligencia –el yo- es limitada.
Necesita defenderse y dominar porque en su base anidan terrores e
ilusiones ancestrales que reencarnan en cada niño que nace. En su
aislamiento no puede percibir que forma parte de un inmenso orden
creativo; y por eso se siente amenazada por todo aquello que no
controla.
A
lo largo de la evolución los seres humanos nos hemos interrogado acerca
de la existencia de otro nivel de inteligencia capaz de resolver los
problemas de la vida sin necesidad de apelar al control. Nuestro lado
racional dice que esto no es posible; el lado místico busca a esa
conciencia en seres superiores a quienes invoca protección. Ambas
tendencias se entrecruzan tejiendo una confusa malla de ilusiones y estrategias controladoras. El tiempo que vivimos parece diseñado para que las Torres entren en crisis. Nos lleva al límite del caos, tanto en los hechos del mundo como en nuestras vidas personales. Ante
nuestros ojos se suceden con asombrosa rapidez acontecimientos cargados
de tensión en los que poderosos egos se enfrentan unos con los otros y,
a diferencia de otros momentos, se hace evidente que ninguno triunfa;
ninguno puede dominar definitivamente a los demás; ninguno puede
resolver los problemas por sí mismo. Todo es volátil, incierto, tenso e
inestable; fascinante a veces pero también incomprensible. Es necesario que todo esto nos suceda para que una nueva inteligencia florezca en nosotros. Una
conciencia que no necesite un centro desde el cual dominar; una
inteligencia sin posiciones preconcebidas acerca de lo que sucede. Libre
para encontrar el camino según este vaya apareciendo; dócil, flexible y confiada; no porque ha inventado seres superiores para que la protejan, sino porque
ha comprendido los limites de la conciencia centralizada. Por eso es
capaz de coordinarse con los demás sin necesidad de pensar o sentir lo
mismo que ellos. Esta inteligencia existe, pero solo puede florecer si
la anterior entra en crisis y acepta sus límites. Tanto en los
acontecimientos político-sociales como en
nuestra existencia cotidiana veremos crecer dos grandes tendencias
mientras Plutón recorra el signo de Capricornio. Aquellos que pugnan por
la centralización y necesitan establecer un dominio casi absoluto a su
alrededor; y aquellos que aprenden a coordinarse con lo diferente, a
perder el control sin asustarse encontrando caminos sorprendentes. El
tiempo de Acuario desafía todas las estrategias que consciente
o inconscientemente la humanidad ha desarrollado. El yo no es una
entidad; es solo un modo de funcionamiento. Un estado de conciencia que
debe ser comprendido para que realice sus funciones centralizadas sin
apropiarse de toda la actividad del sistema nervioso. Aceptar la
limitación esencial de nuestro nivel consciente nos lleva a reconocer la
existencia de una inteligencia mucho más profunda y creativa actuando
en nuestras vidas. Esta inteligencia es capaz de procesar información de
una complejidad inimaginable para el yo temeroso y controlador. Por eso
encuentra caminos nuevos y disuelve casi mágicamente los antiguos
conflictos. El arte de escuchar la inteligencia profunda no se enseña en
ninguna escuela. Ella habla a través de todo lo que nos sucede. Podemos
escuchar su voz en el momento en que los intentos controladores del yo son cuestionados.
La inteligencia profunda despierta cuando la Torre se desmorona. Y esto tendrá que suceder tantas veces como sea necesario; hasta que nos demos cuenta que cada vez que fracasan los planes del yo se nos revela el amoroso sendero del alma.
El Yo: una construcción colectiva, Eugenio Carutti
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