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jueves, 22 de agosto de 2013

Diálogos: acerca de mente y totalidad, Eugenio Carutti y Alejandro Lodi




Alejandro Lodi: Me gustaría que comenzáramos profundizando en el tema del vínculo de la conciencia con los acontecimientos y hechos de destino. Podríamos comenzar diferenciando cómo son percibidos desde la identidad fragmentaria (o yo separativo) y desde una conciencia que comienza a incluir niveles transpersonales, o -en los términos de Alice Bailey- desde una conciencia centrada en “la personalidad” y una conciencia centrada en “el alma”.

Eugenio Carutti: En el mundo de “la personalidad” los acontecimientos son percibidos como el resultado de una acción voluntaria y consciente. En cambio, desde la perspectiva del “alma” son el resultado de la síntesis que se produce a partir de la elaboración de los significados.

Mientras predomina la conciencia ligada a la supervivencia y al yo, la personalidad está preocupada sólo por los acontecimientos. Pero, a medida que se va haciendo más compleja, a partir de los dobles vínculos que nos plantea el destino, empieza a florecer otra conciencia, una conciencia que comienza a darle importancia al significado. Por supuesto, primero lo hará con la intención de actuar mejor y obtener mejores resultados, pero luego comenzará a darse cuenta que hay una acción diferente que surge de la percepción de que todo es una sola cosa. Es una percepción unificada. A eso podríamos llamarlo el nivel religador de la conciencia, en el que todos los opuestos se sintetizan.
Para nosotros, para una conciencia que mira “de abajo hacia arriba”, ese “mundo del alma” todavía es significado. Necesitamos comprender el significado de la estructura. Pero, desde otro punto de vista, es claro que una carta natal es una experiencia unitiva que va manifestándose creativamente todo el tiempo.

Alejandro Lodi: En algunas notas te has referido, no sólo al “mundo de la personalidad” y al “mundo del alma”, sino a dos tipos de mente. Por un lado, la mente concreta, asociada a “la personalidad”, que intenta construir en el mundo objetivo su propio deseo. Por otro lado, cuando esa mente concreta cede a su anhelo de logro y construcción -quizás por frustración, porque el mundo parece no coincidir ni responder a las expectativas- recién puede florecer una mente más compleja, una mente que refleja, ya no el proceso de “la personalidad”, sino del “alma”.

Lo que más me atrajo de esta descripción es que aparece una percepción de la mente que es afín con “el alma”. Estamos acostumbrados a que “mente” y “alma” aparezcan siempre como dos dimensiones distintas, pero aquí sugerís que “el alma es mente”.

Eugenio Carutti: Es que el “alma” es mente. El “alma” es mente abstracta.

Alejandro Lodi: Pero esa forma de describirlo quiebra un supuesto muy habitual. Esta percepción rompe con la idea de que “la mente es aire y el alma es agua”, que “la mente es racionalidad y el alma es sensibilidad”. Aquí aparece una dimensión que es razón-sensibilidad.

Eugenio Carutti: El “alma” es mente en el sentido más profundamente capricorniano: abstrae experiencias y las despoja de su vivacidad particularizante, dotándolas de vivacidad resonante; esto implica un nivel de sensibilidad a lo universal.
La mente artística es un puente entre la mente concreta y el “alma”, en el sentido que es una mente que logra contener vivencias particulares en algo universal. En ese sentido, el arte implica un entrenamiento muy bueno en la disolución de los opuestos entre sensibilidad y racionalidad, entre particularidad y universalidad.

Alejandro Lodi: Es decir, “el alma” siente y, al mismo tiempo, en ese sentir percibe estructuras.

Eugenio Carutti: La clave es que es un sentir estructural. Es sentir –no entender- al mismo tiempo la posición del yo y la posición del vinculado.

Alejandro Lodi: En lo cotidiano “la posición propia” y “la posición del otro” parecen ser antagónicas y que tienden excluirse mutuamente. Pero ¿cómo resultan en este sentir estructural al que te referís? Sería estar-sentir el propio centro y, al mismo tiempo, tomar-sentir la posición del otro. Implicaría un cierto grado de objetividad, una sensibilidad con capacidad objetiva.

Eugenio Carutti: Es una capacidad de resonancia. Desde el punto de vista del “alma”, tanto la propia posición como, por ejemplo, la de una ex pareja que te dejó y te hizo sufrir son una misma experiencia, las vivencias de una y otra posición les cabe al “alma”. Son vivencias adentro-afuera y, desde ese nivel, indistinguibles.

Alejandro Lodi: En realidad, todo esto que estamos hablando es el nudo mismo de la polaridad neptuniana. Es registrar que la sensibilidad te hace percibir órdenes profundos e inclusivos, te lleva a registrar mayor complejidad, pero que en absoluto implica confusión. El desarrollo de la sensibilidad permite discriminar, no entrar en caos.

Eugenio Carutti: Es la esencia de la resolución de la polaridad neptuniana. El desarrollo de la sensibilidad permite realmente discriminar. Desde el punto de vista corporal-psicológico, la personalidad tiene acumulaciones de carga porque, como tomó posición en la experiencia, no puede hacer circular la energía libremente; está condicionada por su carga de resentimientos, anhelos, odios.

Alejandro Lodi: Y por lo tanto está condicionada a reaccionar.

Eugenio Carutti: Se hace reactiva. En cambio, en la circulación del “alma” no hay carga acumulada, porque la carga está circulando ininterrumpidamente. Desde el punto de vista de la experiencia, no se trata de que “uno sea el malo y el otro sea el bueno”, o que uno tenga razón y el otro no; ni siquiera que ambos tengan parte de razón. Todo eso es irrelevante para un nivel de inteligencia en el que no hay juicio, y por consiguiente no hay acumulación de carga.

Alejandro Lodi: Con lo cual aquí aparece como condición la necesidad de que baje la afectividad de tipo particular-personal, porque es una afectividad cargada de juicio, valorización, anhelo, necesidad, deseo, capricho, narcisismo… Si está muy viva ese tipo de sensibilidad afectivizada, aquella otra sensibilidad no puede florecer.

Eugenio Carutti: Me parece que la clave es darse cuenta que la mente abstracta de Bailey es una mente que siente. Es abstracta porque abstrae experiencias. Cuando decimos “abstracto” parece que nos refiriéramos a las matemáticas, pero es abstraer experiencias, es matemática en sentido pitagórico.

Después de veinte años a uno le cae la ficha de que cuando dice “Leo” está diciendo algo que es abstracto y que al mismo tiempo está encarnado, lleno de emociones y dramatismo… Tauro, por ejemplo, es la abstracción viviente de millones de existencias extremadamente sensuales y concretas. Y este es el nivel de realidad del que estamos hablando. En realidad, los que estamos disociando somos nosotros, porque nuestra manera de aprender astrología implica que el símbolo sea algo vivo, universalmente vívido.

Alejandro Lodi: Y la polaridad tiene un extremo iluminista y otro romántico, un anhelo de objetividad absoluta y otro de subjetividad absoluta. Dos polos de la expresión neptuniana.

Eugenio Carutti: Exactamente, por lo menos en nuestra cultura. Uno tiene que comprender profundamente las ilusiones condicionantes de Occidente, en particular de la ciencia. Y cada uno de nosotros es implícitamente un científico, porque cree en la existencia de la objetividad.

Alejandro Lodi: En este sentido, podríamos decir que la objetividad es el mito de Occidente. El científico es un tipo de conciencia que vive en el mito de la objetividad.

Eugenio Carutti: Un científico es alguien tan mítico como un chamán. El científico vive en el mito de que puede conocer el universo. Como el iluminismo destruyó la palabra “mito”, parece que diciendo esto estuviéramos haciendo una crítica de la ciencia. Pero no es una crítica.

Alejandro Lodi: En realidad, lo que estamos diciendo revela un doble vínculo: el científico vive en el mito de presuponer que está más allá de lo mítico, que no lo anima supuesto mítico alguno.

Eugenio Carutti: Que no lo anima la misma textura cognitiva común a todos los seres humanos (por supuesto, en evolución, porque no es lo  mismo una cosa que otra).

Alejandro Lodi: Como punto de partida, presupone que lo mítico es inauténtico, falso. Y, en realidad, esto es algo que habría que resignificar.

Eugenio Carutti: Occidente ha vivido separando lo racional y lo irracional, y definiendo implícitamente a lo racional como superior a lo irracional. ¿Dónde aparece el doble vínculo? El científico afirma que no puede saber cuál es el origen del universo más allá del origen de la materia o responder a preguntas metafísicas porque son cuestiones irracionales, y entonces concluye que el universo no tuvo origen y las cuestiones metafísicas no existen.

Alejandro Lodi: Lo que no tiene respuesta racional no existe. Si no puede ser explicado es porque no existe. La realidad es lo que tiene explicación racional.

Eugenio Carutti: Esta es la trampa constante de la mente tecnológica. Me parece muy importante estar atentos a esto y revisar esta creencia de que nuestro mundo está más allá de lo arquetípico. Y en esta creencia hay dos posiciones. Para el iluminista racional dejar atrás lo arquetípico es “una maravilla”, mientras que para Jung es “una desgracia” porque implica perder contacto con lo espiritual. Sin embargo, tanto el iluminista como el junguiano comparten el supuesto de que lo arquetípico y la racional son dos dimensiones diferentes, como si hubiera un corte cualitativo y no una mera diferencia de grado.

En toda esta reflexión hay una clave fundamental que se relaciona con poder referirse a la realidad como un movimiento eterno adentro-afuera, en el cual cada expansión de conciencia implica una nueva realidad. Porque en Occidente (y esto viene de mucho más lejos) tenemos un arquetipo fuerte (es decir, una estructura inconsciente) que dice que “existe una conciencia que ve la realidad tal cual es”. Pero, en realidad, si meditamos sobre esto, a lo sumo podríamos decir que la realidad tal cual es consiste en este movimiento infinito de realidades-conciencias. Hasta que el cerebro no se instale en este cursor adentro-afuera, no puede aparecer una superconciencia que eventualmente perciba otra cosa de otra manera. En la creencia de la separación entre el adentro-afuera se genera esta fantasía de que hay “una realidad tal cual es” que podemos llegar a conocer. Más aún, además la fantasía dice que debemos percibir todos la misma realidad.

Quizás la mayor riqueza de la conciencia humana florezca cuando, percibiendo realidades diferentes, aprendamos a hacerlas resonar y coordinarlas. Hasta ahora, toda civilización creyó en que todos debemos converger en “ver todos la misma realidad”, porque los que no ven “nuestra misma realidad” son de otro bando. Este es el tejido del Zodíaco: cada signo percibe –por su particular y específica posición en el mandala- la realidad de un modo muy diferente a los otros, pero la sabiduría está en abrirse a las resonancias y las riquezas de todas esas distintas maneras de percibir. Esa es la verdadera percepción unificada.

Alejandro Lodi: Para lo cual es necesario disolver el supuesto de exclusión que dice que habría modos de percepción que no tendrían que existir.

Eugenio Carutti: Sí, porque ese arquetipo -aún tan vivo en nosotros- presupone que la única manera de que haya coherencia es por exclusión. Ese arquetipo contiene un anhelo de coherencia por exclusión. Es confundir el eje Cáncer-Capricornio con el eje Virgo-Piscis. La coherencia zodiacal no proviene de la exclusión, sino del aprendizaje resonante en la participación en un sistema.

Alejandro Lodi: Al mismo tiempo, esa resonante participación en un sistema coexiste con la percepción de un ordenamiento en niveles. Habitualmente nos referimos a que existen estados de percepción más regresivos, más condicionados por el miedo y replegados en las necesidades de supervivencia, y estados de percepción más profundamente creativos y amorosos, menos limitados por el temor y por eso con mayor capacidad para ser más inclusivos y abarcantes. Sin embargo, siento que muchas veces quedamos atrapados en una polarización: por el pudor de creer que se está excluyendo se termina por negar esa discriminación, y a veces por la necesidad de discriminar se termina excluyendo. Es decir, terminamos confundiendo estados perceptivos que resultaría fundamental saber diferenciar.

Eugenio Carutti: Todo depende de la textura de la mente. Si la mente tiene mucho de neptuniano inverso, el corte será muy rígido y generará exclusión; si es muy neptuniano directo, no hace el corte en ningún lado y todo es confuso. Me parece que aquí resulta apropiado aplicar el paradigma musical: no es un tema de formas, no es un tema de dónde hacés el corte, sino que es un tema de notas, de precisión vibratoria.

Alejandro Lodi: De “swing”. No tiene que ver con leer correctamente la partitura, sino con algo que no está ahí.

Eugenio Carutti: De “swing” y también de precisión musical y de ritmo, porque tenés que saber que un Fa es un Fa. Ya sea improvisando o con partitura, tenés que saber que un Fa es un Fa. Tenés que percibirlo inmediatamente, sino desafinás.

En este punto, todo es una articulación entre la capacidad de distinción y la capacidad de resonancia, y de cuánta incertidumbre uno tolera para la realización de este aprendizaje. Uno pone borde cuando no tolera la confusión transitoria de la cual surgirá más tarde una coherencia mucho más rica.

Alejandro Lodi: Son dos personajes internos. El que necesita marcar porque no se banca la confusión y la falta de certidumbre, y el que anhela esa laxitud resistente a cualquier tipo de discriminación.

Eugenio Carutti: Lo malo es que el complot en la polaridad neptuniana, ya sea del lado inverso o del lado directo, es que siempre tenés una estructura que mantiene un nivel tremendamente confuso y otro nivel completamente mecánico. Cualquiera de los dos personajes que hegemonice va a provocar polarización y, como sabemos, el otro va a permanecer en la sombra.

Alejandro Lodi: El directo se apropia de la sensibilidad y el inverso se apropia de la razón.

Eugenio Carutti: Es muy importante purgar a lo neptuniano de la emoción personal. Siempre hay que recordar que Neptuno es trans-saturnino, refiere a resonancias y reverberaciones transpersonales, no a las ligadas al yo y que son lunares, venusinas o jupiterianas. Se refiere al “alma”, a ese nivel de resonancia. Lo neptuniano es un aprendizaje en esa dimensión.


En Alejandro Lodi, Astrología  
Mandala: Eugenia V Hidalgo

domingo, 4 de agosto de 2013

Acerca de Neptuno transitando al Sol, por Alejandro Lodi



Charles Chaplin crea un personaje que conmueve al mundo e inscribe en el inconsciente colectivo una versión del arquetipo del excluido, de una bondad que no encuentra lugar dentro de las rígidas exigencias de la sociedad humana. 
 
Adolf Hitler, que hasta ese momento creía ser un artista, combate en la Primera Guerra Mundial y siente el llamado de la providencia divina para dedicar su vida a salvar a su patria y conducirla a su destino de gloria.

Ernesto Guevara se consagra en sacrificio en la selva boliviana, con un grupo de apósteles combatientes, en pos de la revolución socialista y de una nueva humanidad.

Nelson Mandela asume los honores de ser elegido presidente de su país, convocando a disolver el antagonismo racial cristalizado en la sociedad sudafricana y que él mismo sufriera con décadas de prisión.

Juan Perón, en el máximo de su popularidad, logra darle al país que preside una constitución ajustada a su propia visión que parece contar con un apoyo unánime, sin oposición.

¿Qué tienen en común estos hechos? Todos ellos ocurrieron en momentos en que Neptuno transitaba en aspecto significativo al Sol de las cartas natales de cada una de estas personalidades.

En los tiempos de Neptuno ingresando a Piscis, todos aquellos que tengan su Sol en los primeros grados de un signo –en especial de la cruz mutable- están participando de un muy particular desafío para la conciencia y que poco se repite a lo largo de la vida. Y como toda instancia crucial, el tránsito de Neptuno al Sol natal combina maravillas y peligros, oportunidades y riesgos.
Tratándose del dios de los océanos y sus profundidades, en estos climas la conciencia individual puede orientarse hacia puertos trascendentes, que expanden su percepción hacia lo universal, o experimentar angustias de naufragio.

En principio, Neptuno al Sol representa un momento de máxima sensibilización de la identidad. La imagen de sí mismo se torna porosa, permeable a registros sensibles de dimensiones de la realidad que hasta ahora no tenían posibilidad de ser advertidas. La propia expresión individual puede alcanzar una alta resonancia colectiva. Pero esto sólo es el “efecto secundario” de un significado aún más prodigioso: la expansión de la conciencia más allá de las fronteras de lo individual, la inmersión en la cualidad transpersonal de la existencia que deja en suspenso la capacidad del centro organizador de la percepción (el yo) para dar cuenta de esa realidad que empieza a revelarse.

Este punto es clave. Neptuno al Sol no representa la fatal confusión o pérdida del yo, sino un desafío de expansión a partir de disolver los límites conocidos de la identidad. Es la revelación de una expresión consciente, de un reconocimiento de quién soy, que va más allá de la imagen históricamente construida y que, por eso mismo, permite entrar en contacto con contenidos del ser hasta ahora inconscientes. Es decir, el tránsito de Neptuno al Sol no representa una despersonalización absoluta o el nefasto determinismo de una psicosis, sino una dilución de niveles rígidos (o simplemente ya celebrados) de la personalidad para que la conciencia pueda tener así la oportunidad de responder a niveles del alma.




No obstante, por definición, todo tránsito de un planeta transpersonal al Sol convoca a una experiencia que no tiene por sentido confirmar al yo ni contribuir a su estructuración, sino justamente desestructurarlo y desorganizarlo. Y esto implica aceptar que la naturaleza de estos momentos sugiere riesgos de distorsión patológica. En el caso de Neptuno, si la conciencia se mantiene aferrada a la imagen personal que tiene de sí misma, esta invitación a ser sensibles a dimensiones de la realidad trascendentes (veladas a nuestra percepción habitual y que ahora parecen transparentarse) será significada como la amenaza de un quebranto de todo sentido de realidad. De este modo, este tiempo de disolución de la sensación de importancia personal, de pérdida de la identificación exclusiva con el yo personal, de sensibilización de las fronteras rígidas de la personalidad, paradójicamente, termina redundando en una sacralización de tales rigideces, en una elevación a virtud espiritual de las cristalizaciones más egoicas y en el otorgamiento de misiones épicas al pequeño yo.
 
La oportunidad de difuminar niveles de identidad ya agotados, para así fundir a la conciencia en cualidades más vastas del ser, se frustra generando una distorsionante inflación del ego personal, que intentará apropiarse entonces de las potencialidades transpersonales del momento. Esa pulsión de trascendencia que invita a ir “más allá de Saturno” queda capturada dentro de las fronteras que el ego reconoce seguras. Pero, de todas maneras, esa cualidad que pugna hacia lo transpersonal buscará expresarse y lo hará ahora en formas que necesariamente, a consecuencia de aquella represión, rondarán el riesgo de desequilibrio psíquico: delirio místico, fantasía mesiánica,  paranoia alucinatoria, etc. Ese desequilibrio no es propio de la cualidad neptuniana, sino su patológica manifestación cuando se ve confinada a actuar dentro de los límites que le marca las necesidades del yo y el temor a su propia trascendencia. Cuando prima el miedo y la necesidad controladora del ego ante aquello que lo invita a entregarse al misterio, la sensibilidad perceptiva incrementada por el efecto Neptuno se descarga entonces en hechizos, encantamientos y fabulaciones que tienen siempre al yo personal como protagonista autorreferente. El potencial de la conciencia de apertura a lo universal se malogra en la fascinación de “ser yo mismo el universo”.

El tránsito de Neptuno al Sol deriva así en un momento de confusión de la identidad como consecuencia, no de su cualidad vibratoria, sino de la traducción que hace de ella la conciencia que pone de manifiesto el narcisista intento de controlar la potencialidad de expansión amorosa. Así, ante la emergencia de una experiencia cumbre que proponga abrir el corazón a toda manifestación de la vida, el yo demandante de afecto personal confirmatorio de sí mismo de inmediato la significará como la evidencia de “un universo que me ama a mí”.

Los climas neptunianos operando sobre el Sol exponen el volumen de nuestro miedo psicológico a perder el borde de nuestra personalidad. Y la reacción más común (e inconsciente) será la de una contracción de la conciencia en una forma de identidad personal -definida con trazos gruesos- como garantía de “sentir un yo”. Esto habilita la encantadora pesadilla de la encarnación arquetípica: dar vida a un arquetipo, tomar vitalidad de uno de esos programas psíquicos contenidos en el inconsciente colectivo de la humanidad. El hechizo arquetípico ofrece una muy convincente (y por eso irresistible) sensación de identidad. Encarnar un arquetipo aporta la sensación de ser alguien bien definido, importante y trascendente, que pone fin al incómodo sentimiento de licuación de la personalidad, de confusión respecto a quién se es, que trae consigo el embriagante Neptuno.




No obstante, como siempre parece ocurrir, cuanto más creemos estar escapando de lo temido, más nos aproximamos a ello: es esa misma vivencia arquetípica la que resulta una alucinación, un extravío para la conciencia, el dulce encantamiento de un canto de sirenas que conduce fatalmente a la tragedia. La extraordinaria vida que cree estar viviendo la persona gracias a haber adoptado la investidura de un específico arquetipo, en verdad, es la vida de ese arquetipo. Es el arquetipo el que toma la vida de la persona y no al revés. Es el relato del arquetipo el que está siendo desarrollado (como ya lo fuera tantas veces en la historia de la humanidad) tomando la vitalidad de aquella angustiada conciencia. Sin darse cuenta de ello, la conciencia individual traba con los arquetipos del inconsciente colectivo un oscuro pacto del que nunca resultará favorecida. Es por eso que discernir entre la vitalidad del alma (creativa y por eso incierta e insegura) y la vitalidad de la personalidad arquetípica (repetitiva y por eso tranquilizadora y segura) es uno de los sentidos claves de un tránsito de Neptuno al Sol, un desafío que requiere poner en juego todo nuestro coraje espiritual, porque cualquier variable creativa implicará estar dispuesto a afrontar alguna forma de trasgresión de la pauta arquetípica.

No es menor el valor necesario para poner en juego el conjuro de aquel encantamiento: tomar en cuenta la mirada del otro para romper la fascinación del campo de distorsión de la realidad en el que la conciencia se encuentra atrapada, para desencantar esa burbuja autogratificante en la cual la realidad es tal como mis necesidades afectivas personales la configuran. Atender al mundo vincular es la clave para responder a la expansión de sensibilidad neptuniana minimizando los riesgos de tergiversación narcisista. El límite y frustración que aporta el contacto con el otro es la medida del delirio, la paranoia y la egolatría de la propia posición.

Sin embargo, durante un tránsito de Neptuno al Sol, el miedo al desvanecimiento de la identidad habitualmente promueve una reacción de repliegue en las funciones planetarias que dan una sensación de ser “un yo discriminado, autosuficiente, que sabe lo que quiere”, refractaria, por lo tanto, al encuentro vincular que no resulte confirmatorio de esa propia imagen. Estas funciones están vinculadas con la definición de bordes personales inexorables: la decidida acción de Marte, la precisa discriminación de Mercurio y la firme determinación de la realidad de Saturno. En esa retracción, tales funciones se expresan disociadas de aquellas que le resultan naturalmente complementarias. Y esa disociación da inicio a la pesadilla de la polarización. Polarización es disociación y, por lo tanto, la frustración de la creatividad complementaria.
 
En ese ejercicio distorsionado, Mercurio se manifiesta generando interpretaciones delirantes, superficiales o fragmentarias, disociado de su complemento jupiteriano de sentido, trascendencia y síntesis. Marte muestra una susceptibilidad irritada y beligerante, traducida en todo tipo de alucinaciones persecutorias, disociado de la capacidad venusina de armonizar con la diferencia del otro y de abrirse a la dinámica del encuentro complementario. Saturno aparece como un sentido de realidad tan fascinante y mágico como inflexible y rígido, disociado del talento lunar de ser sensible a las necesidades de otros y de entrar en contacto emocional con la realidad.
Pelear, relatar y juzgar es vivido como el más efectivo antídoto a la amenaza de confusión y pérdida de sentido de identidad personal. En esa conducta la personalidad siente ponerse efectivamente a resguardo de lo que, en verdad, es una convocatoria de su alma, no la acción de enemigos. La acción del alma es vivida como una amenaza de pérdida de lo que es propio, como un intento de ser robado de preciadas pertenencias. Las fantasías acerca de sí mismo, la exacerbación de la mirada autorreferencial de la realidad, una visión mesiánica acerca del valor individual, y cierto culto a la propia personalidad pueden ser algunas de las expresiones de la función solar distorsionada en su reacción al clima de Neptuno en tránsito.

Lo que este tránsito sugiere -la sensibilización expandida respecto al misterio de la identidad y a la percepción de órdenes más profundos y vibratorios en los que la sensación de ser un individuo puede desarrollarse- puede implicar para la conciencia un tiempo propicio para agotar dimensiones arquetípicas (ya repetidas hasta el hartazgo y pasar así a otras más sutiles) como también para quedar atrapada patológicamente en ellas. La posición del Sol por signo, casa o aspecto en la carta natal aporta alguna clave acerca de la naturaleza y carácter de los arquetipos que ejerzan atracción durante un tránsito de Neptuno, ya sea para ser consumados o para cautivar a la conciencia. Por ejemplo, si se trata de una carta con Sol en Piscis, con Sol en casa XII o Sol en aspecto con Neptuno, la conciencia resulta particularmente susceptible a los arquetipos de héroe, salvador, chivo expiatorio, víctima sacrificial, mártir, misionero o inquisidor entre tantos otros. 

Más allá de las trampas arquetípicas, los tiempos de Neptuno al Sol representan una exquisita oportunidad para responder a transparencias del alma, un portal a lo sagrado en nosotros, a la correspondencia de nuestra conciencia con los sonidos de las energías que nos entraman, en la medida que se confía en la pérdida de discriminación racional respecto a quién se es. No son tiempos para estar definitivamente seguro de la propia identidad conocida, sino para asistir con conciencia a la emergencia de dimensiones desconocidas de lo que soy y que exigirán desalojar la imagen que se tiene de sí mismo. La renuncia consciente a esa atesorada imagen -cargada de memoria afectiva- no excluye un nítido y legítimo sentimiento de melancolía, de despedida. Es la complejidad emocional inherente al delicado y trascendental desafío de aceptar la disolución y entregarse a la impregnación del misterio, de hacer contacto con una sensibilidad amplificada hacia lo universal sin cerrarla en interpretaciones racionales o decisiones voluntaristas por miedo al desborde personal y a la pérdida de la representación de sí mismo afectivizada. Es tiempo de descubrir resonancias con dimensiones que van más allá de lo que creo ser o de lo que estoy habituado a creer que soy, de responder al impulso que nos convoca a la trascendencia de la conciencia, más allá (no en contra) del  mundo personal.




En lo concreto, este contacto con el misterio del ser implicará de alguna manera resignar, renunciar o retirarse de deseos del yo. Que se revele la capacidad para ser sensibles al mundo de la imagen y de los espejismos supone la disposición a agotar un proceso de la identidad personal, de que los bordes de la personalidad en la que se ha desarrollado conciencia se tornen porosos y se disuelvan en la sorprendente revelación de una nueva dimensión del misterio de lo que soy. Son tiempos para agotar los sueños del yo, ya sea celebrándolos o resignándolos. Tiempos de despedirse de propósitos personales para permitir que afloren propósitos del alma, de renunciar a “lo que deseo ser” para ser sensibles a lo que el destino revela en nosotros como intención, más allá de “lo que quiero de mí”. Neptuno en tránsito al Sol indica que ya es momento oportuno para que la conciencia se brinde en servicio a lo universal, antes que a la satisfacción de un yo personal exitoso. Son tiempos en los que el alma necesita ser reconocida, antes que el yo confirmado.

Por último, Neptuno puede despertar en la conciencia la sensibilidad perceptiva necesaria para registrar la presión psíquica que ejerce una comunidad a encarnar determinado arquetipo funcional a expectativas personales, familiares o colectivas. Los tiempos de Neptuno al Sol pueden tender la trampa de vivir inconscientemente el arquetipo confundiéndolo con lo que en verdad soy. Pero también pueden ofrecer la oportunidad para desencantar esas expectativas, despojando a la conciencia de esa investidura arquetípica, dulcemente fascinante y fatalmente asfixiante. Momentos cruciales que dan la posibilidad de diferenciarse conscientemente de esos arquetipos percibiendo su atractivo y condicionante hechizo.

Encarnar arquetipos puede constituir un servicio a deseos colectivos inconscientes, pero que siempre representarán una captura, un condicionamiento para la libre expansión de la conciencia hacia niveles de creatividad. El inconsciente colectivo hace presión para que el individuo represente anhelos de la comunidad. Y en esa exitosa expresión arquetípica del individuo se refuerza aún más aquel deseo del colectivo y su condicionamiento en conciencias individuales futuras. En casos extremos la conciencia individual se psicotiza y contribuye a reforzar la psicosis colectiva. Ese es el valor universal de testimonios como el fenómeno de Hitler y el nazismo en Alemania en la década del ´30.

En este sentido, en tiempos de Neptuno en tránsito a su Sol, un individuo puede recibir altos reconocimientos y honores de parte de la comunidad a la que pertenece. Pero es crucial sostener la perspectiva transpersonal de esos eventos y significar tales distinciones como la experiencia que permite agotar una dimensión de anhelos de la personalidad individual en sintonía con los de esa comunidad. Es disponerse conscientemente a celebrar el logro de algo muy deseado durante mucho tiempo “para darme cuenta que no soy eso”. Es una desilusión para el nivel personal y un portal de resonancia con niveles transpersonales del ser que colabora con desilusiones colectivas que redunden en saltos de madurez para la sociedad. Esos reconocimientos y honores no son un beneficio personal, ni siquiera están dirigidos a la persona, sino a lo que ésta representa simbólicamente para la comunidad.

En definitiva, el clima de los momentos de Neptuno transitando al Sol pueden resultar propicios para que la conciencia se fascine con un arquetipo, disfrute de su efecto mágico, padezca su ilusión, o también para defraudar deliberadamente ese encanto y así permitir una respuesta creativa, que no repita el programa arquetípico, tanto a escala individual como colectiva.


En Alejandro Lodi, Astrología 
Una exploración en los símbolos del alma
Febrero 2012

martes, 30 de julio de 2013

El Portal del Gran Sextil del 29 de Julio 2013, Margit Glassel



















El Lunes, 29 de julio, 2013, se produce una configuración de aspectos muy poderosa  en el cielo que no es muy frecuente. El Gran Trígono de agua que tenemos ya desde hace unos días entre Jupiter-Lilith-Marte en Cáncer, Saturno en Escorpio y Neptuno en Piscis se une a otro Gran Trígono de Tierra entre Plutón en Capricornio, Venus en Virgo y Luna en Tauro formando así una estrella de David  o Gran Sextil, donde seis planetas están conectados entre ellos por aspectos de 60 grados.

Como generalmente  en astrología  no hay nada inherentemente bueno o malo,  esta configuración,  no es siempre agradable. En el pasado hubo algún Gran sextil considerado “estrella de guerra”  porque, dependiendo de los astros que forman la configuración, su influencia puede iniciar o acelerar un proceso de cambio global y personal importante, que,  según el criterio humano y con una visión a corto plazo,  no es  necesariamente siempre  placentero. Aun así  podemos usar la Estrella como una Estrella de Luz si la usamos conscientemente aprovechando la energía planetaria del momento y elevando sus manifestaciones más complicadas. Cada una de estas configuraciones es un portal, es una oportunidad para crecer y como cualquier tránsito podemos usarlo de una forma constructiva o simplemente ser veletas al viento de las influencias cósmicas. He aquí lo más importante de esta  estrella: el poder de Manifestación o Co-creación.


Carta del Gran Sextil para Venezuela, Astrodienst


Agua y Tierra, el fluido mundo espiritual, también emocional, se conecta con el mundo aparente, material, para formar una mágica estrella de seis puntas, que en la mayoría de las tradiciones espirituales y esotéricas tiene un gran significado. Sin entrar en detalles, sí puedo decir que lo que representa  esta figura geométrica entre otras cosas  es la conexión entre los chacras superiores e inferiores a través del centro del corazón, la integración del cielo y de la tierra,  representa también el famoso “como es arriba es abajo” de las tradiciones herméticas, y el mándala de Vajra Yoguini de los tibetanos que representa la fuente de todos los fenómenos. También podemos conectar  la configuración con Merkaba, en hebreo antiguo  ”carroza” o “vehículo”, símbolo ocultista que representa la ascensión y la conexión entre luz, espíritu y cuerpo.

En pocas palabras, tenemos en el espacio una configuración hermosa que une el cielo con la tierra, que nos permite manifestar (Tierra) lo que deseamos (Agua). Durante este último mes el trabajo fue conectar con nuestros sentimientos, conectar con lo que estaba reprimido, averiguar qué es lo que realmente deseamos. Ahora con el Grán Trigono de Tierra añadido es el momento de ser Co- Creadores. Nuestra mente es la Matriz  de lo que se manifiesta. El agua nos ha purificado, ha arrastrado lo que no era esencial para nuestro progreso devolviéndolo al mar de la consciencia infinita. Hemos podido disolver (y todavía podemos) emociones, situaciones, dolores…y ahora es el momento de Manifestar aprovechando los planetas en Tierra que se han añadido a esta configuración: Plutón con su capacidad de transmutación, de renacer como un fénix desde las cenizas, Venus en Virgo con su capacidad de ser completa en sí misma, y la Luna en Tauro, generadora de abundancia y prosperidad.

Hoy, domingo, el día antes de la alineación podemos meditar en que es lo que queremos manifestar. El Deseo es lo que hace girar el ciclo de la existencia;  el problema empieza  cuando estos deseos son meros impulsos inconscientes. El Mago o el Yogui utilizan el poder del Deseo para crear una manifestación consciente, un mándala o entorno harmónico en el cual incluso los menos despiertos pueden beneficiarse de su influencia positiva. En su aspecto más positivo, el deseo se transforma en Bodhicitta, la mente despierta que aspira a la iluminación. Lo que me gusta mucho de los meditadores del Vajrayana Tibetano es que siempre y siempre, en todo lo que hacen tienen en mente este Deseo del Despertar para el bien de todos los seres vivos. Es como un escudo protector  diseñado para que mantengamos las cosas en perspectiva y no nos perdamos en nuestro pequeño ego auto absorbido y su mundo sólido carente de divinidad y misterio. Creo que para aprovechar este Gran Sextil de una forma plena podemos incluir en lo que elegimos manifestar esa antigua formula tibetana: “Qué todo esto  que quiero sea para el bien de todos los seres vivos, pueda lo que manifiesto  aportarles Luz, Despertar, Felicidad y aliviar su sufrimiento”. Es el sello mágico protector.

Podemos pensar en lo que queremos realmente, que deseamos, que queremos ser, que queremos aportar al mundo, que queremos dar,  que  es nuestra vocación,  que queremos recibir, que queremos obtener…para así  mañana, quizás con un pequeño ritual, sellarlo y lanzarlo al universo como una plegaria de luz.


Copyright©Margit Glassel 
En Margit Glassel Astrology